A los 19 años, Verónica Carbajal vivió una experiencia que marcaría su vida para siempre: fue víctima de violación sexual. Un año después del lamentable suceso, decidió transformar ese silencio en palabras y reunir las voces de otras mujeres que, como ella, no pudieron denunciar el acto. Es por ello que Jardín de espinas va más allá de los testimonios: es una obra que convierte el silencio en memoria, denuncia y hace un llamado urgente a la empatía y al cambio social.
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Verónica, recientemente presentaste tu publicación Jardín de espinas, ¿Qué te motivó a escribirlo y cómo surgió la idea de recopilar estos testimonios?
Cuando tenía 19 años pasé por una experiencia lamentable: fui víctima de violencia sexual. Me tomó un año reconocer y aceptar lo que realmente había sucedido. No fue un episodio cargado de violencia física, como muchas veces nos dicen que es una violación. Desperté inconsciente al lado de mi agresor y salí corriendo del lugar sin querer verle el rostro. Estaba asustada, avergonzada y sentía que todo había sido mi culpa por haber salido de fiesta y haber tomado esa noche. Pensaba que yo misma me había puesto en esa situación.
Un año después, una persona muy cercana a mí me confió que había pasado por lo mismo. Al escuchar su historia y ver su dolor, pude reconocer que yo también había sido víctima. Fue entonces cuando finalmente pude hablar sobre lo que me había ocurrido.
Decidí escribir sobre mi experiencia y, al buscar testimonios, me di cuenta de que muchas mujeres a mi alrededor también habían sido víctimas, pero no decidieron hacer la denuncia. Entendí que éramos muchas las que habíamos guardado silencio por vergüenza, miedo o por la idea de que la sociedad no nos creería o nos culparía.
En ese contexto, quise darle voz a todas las mujeres que no pudieron denunciar en su momento. Como yo, que no tuve el valor ni siquiera de mirar el rostro de mi agresor.
¿Cuál fue el mayor desafío al reunir y presentar relatos de violencia sexual sin revictimizar a las protagonistas?
El mayor reto fue cuidar a cada mujer mientras compartía su historia. Todas me manifestaron su deseo de que su identidad no fuera revelada, por lo que tomé la decisión de nombrarlas como flores y, juntas, formar este jardín de espinas. Respetar su voluntad de permanecer en el anonimato fue siempre lo más importante.
Esa decisión también me motivó a asumir la voz del relato. Quise mostrarles que daría la cara por ellas, que las cuidaría, las representaría y expondría mi propio rostro. Fue, además, una forma de reivindicación personal por no haber alzado mi voz cuando debí hacerlo.
No se trataba solo de escribir. Mi tarea fue acompañarlas, sostener sus palabras con veracidad, sin intentar camuflar el dolor ni la crudeza de lo vivido. El objetivo nunca fue convertir sus historias en morbo, sino tratarlas con el respeto que merecen.
Protegerlas de la revictimización fue lo que guió todo el proceso: el relato, las entrevistas y cada decisión narrativa. Cada página está escrita con la intención de representarlas de manera humana y cuidadosa, sin ocultar su sufrimiento, pero tampoco explotarlo.
¿Qué papel jugaron las voces de psicólogas, abogadas y activistas en la construcción del relato del libro?
Fueron fundamentales para darle rigurosidad y profundidad al libro. Aportaron estadísticas, sustento legal y mirada crítica desde su experiencia en el tema. Su contribución complementa las historias de mis testimoniantes ya que respalda sus emociones y las situaciones por las que han tenido que pasar.
Además de enriquecer el relato y darle sustento profesional, su participación garantiza que se aborde la realidad de nuestro país con seriedad y fundamento.
¿Cómo espera que “Jardín de espinas” impacte a los lectores y a la sociedad en general?
De mi libro espero que genere reconocimiento, empatía y comprensión profunda del impacto de la violencia sexual en la vida de las mujeres. Que cada página recuerde que detrás de cada historia hay una mujer que sobrevivió al silencio, a la vergüenza, al miedo, a la rabia y al juicio social.
Quiero que se reconozca la valentía de estas mujeres al relatar sus vivencias para no marchitarse, para transforma el dolor en voz. Y que, como sociedad, el libro obligue a enfrentar esta realidad y a dejar de mirar hacia otro lado.
Mi deseo es que este libro acompañe, fortalezca, conmueva y movilice a las personas hacia el cambio. Que sea un inicio, un golpe de realidad y un paso firme para la búsqueda de una sociedad libre de violencia contra la mujer.
En su opinión, ¿qué cambios son necesarios en la educación y en la cultura para enfrentar la normalización de la violencia de género?
Vivimos en una cultura de violación en la que, incluso desde la forma en que nos expresamos hacia otras personas, se evidencia distintas manifestaciones de violencia. Por ello es fundamental educar desde la infancia en la importancia del consentimiento y del respeto por la vida y el cuerpo de los demás, entendiendo que el respeto no es negociable sino esencial.
La cultura debe dejar de romantizar el control y de silenciar el abuso. En los colegios no basta con hablar únicamente de biología; es necesario empezar a incorporar conversaciones sobre consentimiento, dignidad, respeto, límites, y relaciones sanas.
A nivel cultural, es urgente acabar con los estereotipos de género que sostiene el machismo. Solo cuando la educación y la cultura esten en la misma dirección podremos vivir en una cultura sin violencia. Para mí es fundamental que ese proceso inicie a una temprana edad.
Si pudiera dar un mensaje directo a quienes sufren violencia, ¿Cuál sería?
Les diría que no es su culpa, que no tengan miedo ni vergüenza y que no callen. Les diría que yo pasé por todo eso: me sentía afortunada de no recordar con exactitud lo que me sucedió, agradecida que no hubiera sido algo “tan violento”, aliviada de que mi agresor no tuviera un rostro.
Hasta que me di cuenta que todo eso, junto con el silencio, solo me hacía sufrir.
Les diría hay millones de mujeres que están dispuestas a creerles y defenderlas. Les diria que yo les creo y que las acompaño en su dolor. Que buscar ayuda y no callar es el primer paso para encontrar justicia.
Les diría que, al final de todo, serán capaces de volver a florecer, porque todas lo hemos hecho en algún momento. Les diría que merecen una vida segura, digna, limpia de miedo y llena de paz. Que se merecen ser escuchadas y merecen sanar.
Les diría que mi libro esta dedicado a ellas, a todas las que han sufrido, a las que hoy sufren y a las que, lamentablemente, podrían sufrirlo, con la esperanza de que algún día estemos seguras y libres de violencia.
*Puede adquirir el libro Jardín de espinas en la Editorial Mesa Redonda, o solicitarlo vía DM a @cverof o al teléfono 922 486 359.
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